
A veces la obsesión con una rutina no me deja espacio para sorprenderme. Viajar me devuelve esa oportunidad. La de nuevos estímulos que me saquen de mis zonas conocidas y controladas.
Escribir, meditar, hacer ejercicios, practicar breathwork, leer, ayunar y alimentarme mayormente a base de vegetales y frutas son hábitos que tienen espacios exclusivos reservados en mi día a día.
¿Qué pasa si no hago nada de eso por un día?¿O dos?¿O tres?¿Qué pasa si cambio la rutina? Nada. Porque justamente al ser hábitos sé que mi cuerpo mismo me va a llevar a retomarlos otra vez.
Por eso los últimos dos días, me permití entregarme de lleno a la espontaneidad del viaje. Fueron dos días atípicos, con varias horas en la ruta junto a mi pareja. De mucho calor, de mucha charla, de mucha risa.
De conocer nuevos paisajes, de organizar compras para equipar la van, de buscar llegar a tiempo para ver el atardecer en la playa, de buscar un lugar para parar a dormir, de mirar carteles, de decidir qué comer a la noche.
Todo requiere tiempo y energía. Y todo se vuelve más amable cuando estoy ahí para responder a lo qué pasa minuto a minuto.
La mente se me fue varias veces hacia el pasado o el futuro pero muy poquito en comparación a otras. Y eso es porque me propuse disfrutar de estos días. Me propuse estar presente. Ser curiosa. Y fluir con lo que me iba proponiendo cada instante.
Claro que hubo momentos de frustración (cómo que no nos vamos a meter en la catarata?), de molestia (yo sin aire acondicionado no viajo más), de tristeza (te voy a extrañar), de culpa (dos días seguidos sin comer fruta…) pero repito: fueron fugaces porque fui capaz de volver al presente. De agradecer y de conectar con lo que estaba pasando en ese momento. De reírme de mi y de mi sobre exigencia. De jugar.
En el próximo posteo se vienen algunos tips para practicar la presencia.
Abrazos!
Regina

Deja un comentario