
Desde rayar con un crayón una hoja hasta deslizar un pincel en un lienzo. Pintar siempre fue una de mis actividades preferidas. De chica coloreaba esos libracos con imágenes de animales y objetos en tamaño extralarge, seguro más relajada cada vez que me salía de los bordes del dibujo. Después recuerdo cuánto disfrutaba las clases de plástica en la escuela, el aprendizaje de las diferentes técnicas y mi creatividad al momento de volcarlas en el papel en su versión Regi. Me esforzaba y lo disfrutaba. ¿Esas palabras pueden ir juntas? Sí RE. Muchas veces mi yo exigente se ocupaba de opacar mi orgullo con descaro. Y no, no era Dalí o Frida. Hoy veo esas pequeñas grandes obras y me aplaudo.
De adolescente me desconecté del mundo de los colores. Recuerdo más bien pilas de cuadernos escritos, cartas de amor y compilados de canciones en CDs o cassettes que nos compartimos entre amigos. Me dediqué a observar dibujos y pinturas que habían hecho otras personas. Me dediqué a buscar correlaciones entre esas obras y mis estados internos.
De más adulta aparecieron los mandalas. Entre en ese mundo de círculos con múltiples formas, tramas y posibilidades en su interior. Y me encanto. Hoy llevo conmigo en la mochila un libro de mandalas celtas que me regalaron dos amigos hermosos y una cartuchera que me regaló mi mamá, creo que la trajo de un viaje de Bolivia. Y los lápices dentro vienen de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Mi ciudad natal.
Antes de empezar a viajar hice un curso de pintura cortito. Fue un regalo súper acertado e inspirador de un ex novio. La materialización de un “algun dia me gustaría…” en la intención de alguien que me quería ver brillar. La pintura me permitió conocer otros materiales, otros tiempos, otras luces. Y también conocerme a mí. Cuál era el estilo detrás de la búsqueda de la copia perfecta de aquella realidad que buscaba imitar.
El curso fue un puntapié para empezar a experimentar por mi cuenta y dar relieve a las pinturas. Siempre me llamaron la atención los relieves. Y así empecé a usar telas, botones, brillantina. Así nacieron algunos cuadritos que andan distribuidos en casa de familiares y amigos en Argentina.
La pintura es un juego con reglas y estructuras a donde me siento libre de crear con confianza. Hoy lo hago de vez en cuando y una de las misiones de Jardín es invitar e incentivar a otros a que también jueguen, a que encuentren un poco de sí dentro de sus creaciones.
¿Pintan? ¿Se animan a pintar? ¿Cuál es su experiencia con esta actividad?
¡Los abrazo!
Regina

Deja un comentario