
Cada proceso terapéutico que empecé tuvo como disparador un hecho o situación que a veces me tenía como protagonista a mi (y a veces no) sumado a una interpretación de mi parte que me lastimaba y yo necesitaba sanar. Con el tiempo entendí que todos esos sucesos siempre tenían que ver conmigo y con un quiebre en estructuras mentales que hasta ese entonces generaban comodidad y seguridad en mi.
La separación de mis padres, la imposibilidad de terminar una relación de pareja, el resentimiento que por momentos sentía hacia algunas personas o situaciones, mi necesidad de mantener relaciones sexo-afectivas tóxicas, mi miedo a viajar sola. Siempre hubo un obstáculo que ponía en peligro mi bienestar y mi seguridad. Siempre fui yo quien decidió cuestionar esas estructuras mentales y abrirme a transformarlas.
Cuando empecé a ver cada incomodidad como una oportunidad para conocerme los procesos se volvieron más amables y develadores. Cada brazada que hice en el buceo hacia mi interior me llevó a encontrarme con diferentes partes mías que pedían por favor salir a la luz, dejarse ver, brillar.
Cuando me di cuenta que detrás del enojo hay mucho sufrimiento y que detrás del sufrimiento hay amor empecé a ser más compasiva conmigo misma y a preguntarme “¿Qué te duele?” cada vez que ardía de ira. Acepté el llanto como un mecanismo de limpieza y un momento más cercano a amarme y aceptarme.
Abrirme a conocerme también me abrió a conocer a personas totalmente diferentes a mi con la certeza de que podía aprender de ellas. Siempre hay algo nuevo, algo más, algo rico que incorporar a lo que yo sé. La curiosidad, el entusiasmo, la inocencia, la capacidad de sorprenderme son cualidades de la Regi-niña que siguen hoy presentes en mi adultez y elijo seguir poniendo en práctica.
Escribir estas palabras me genera una admiración enorme por mi misma y las comparto para que ustedes también se animen a conocerse, brillar, compartirse.
Abrazo muy fuerte!
Regina

Deja un comentario